LA EUGENESIA COMO INSTITUCIÓN EN LOS “ESTADOS DEL BIENESTAR”: De aquellos barros, estos lodos (II)
El error de la teoría malthusiana
En qué consiste la teoría malthusiana y por qué afirmamos que es errónea?
El economista y clérigo anglicano Thomas R. Malthus (1766-1834) elabora por primera vez en 1798, en pleno auge de la Revolución Francesa, la teoría que mantiene que la población tiende a crecer por encima de sus medios de subsistencia. Sobre este principio se sustenta toda teoría malthusiana. Lo desarrolla en su Ensayo sobre el principio de población y se basa, sobre todo, en la observación del aumento de la población de los Estados Unidos de América en el contexto de la Revolución Industrial. A raíz de esta observación coyuntural, Malthus postula que la reproducción humana aumentaría cada veinticinco años en progresión geométrica, 1, 2, 4, 8, 16...; en cambio, la producción de alimentos aumentaría en proporción aritmética, 1, 2, 3, 4, 5... En consecuencia, tras un ciclo de crecimiento demográfico progresivo, caracterizado por la alta fecundidad de las clases populares, se llegaría a una situación crítica, caracterizada por una elevada mortalidad, en la cual se generalizarían el vicio y la miseria. Su conclusión es que la generalización de la miseria y del vicio, precursora de pandemias y guerras, es la manifestación más evidente de la existencia de un “desequilibrio demográfico”.
Pero no se queda ahí. Malthus contempla estos dos tardíos obstáculos a dicho crecimiento exacerbado (miseria y vicio) como caracteres naturales presentes en sectores mayoritarios de la población y apela a la supuesta incapacidad de estos para reprimir sus deseos sexuales:
“La constante tendencia en la raza humana a multiplicarse, rebasando los límites impuestos por los medios de subsistencia, es una de las leyes generales de la naturaleza animada que no tenemos motivos para esperar que vaya a cambiar.” (Ensayo sobre el principio de población, 1798, Primera Edición, pág. 248).
Siguiendo la línea argumentativa del pastor protestante Robert Wallace en Various Prospects of Mankind, Nature, and Providence (1761), este padre de la demografía moderna, que sabemos que fue educado en la filosofía rousseauniana, discurre que la población está condenada a sufrir pandemias y guerras precisamente a causa de la tendencia al vicio, causante este a su vez del exceso demográfico. Llega a considerar al fenómeno del crecimiento demográfico descontrolado como el mayor obstáculo en el camino al perfeccionamiento de la sociedad.
Con todo, Malthus no sugiere la distribución masiva de métodos anticonceptivos, que es seguramente la solución en la que pensaría una hipotética lectora contemporánea a nuestro ensayo. El primero en sugerir el uso de métodos anticonceptivos aceptando el problema tal y como es planteado por Malthus es el reformista Francis Place en 1822, en su Ilustraciones y demostraciones de los principios de la población. Tampoco apoya Malthus la legalización del infanticidio, del que opina, a contrario sensu, que contribuye indirectamente a aumentar la población porque “anima al matrimonio, y el imperio de la ternura maternal hace recurrir solamente en el último apuro a este triste remedio.” (Ensayo sobre el principio de población, Traducción de José María Noguera y Joaquín Miquel, 1846, Capítulo V, pág. 44). Como curiosidad, sus detractores le asignan once hijos, de los cuales le son reconocidos tres; a saber, el autor simplemente propone la implementación de políticas dirigidas a planificar el tamaño de una población en función de los medios de subsistencia al alcance de cada cual. Para Malthus, el rico o aquel que pueda garantizar la manutención a sus hijos incluso en tiempos venideros de escasez no incurre en irresponsabilidad si los tiene.
A pesar de las valiosísimas críticas que se le han hecho, el malthusianismo permea la ideología dominante contemporánea a nuestro ensayo. Los rastros que deja son numerosos. Diseccionaremos algunos de ellos. Pero antes de ello situaremos en su debido contexto la obra de Malthus.
Como todas las demás obras, la suya no surge por generación espontánea. Esta noción de que los pobres se multiplicaban muy rápidamente, en su época y siempre, aun en condiciones de miseria, se gestó en tiempos de pauperización de la clase trabajadora contra las leyes de pobres inglesas vigentes durante la vida del autor, leyes que hacían recaer sobre el Estado la obligación de la caridad con los sectores más desfavorecidos de la población inglesa. Según el planteamiento malthusiano, esa caridad permitía un mayor libertinaje entre los ayudados, en tanto que se sabían protegidos, y redundaba en cargas estatales cada vez mayores. Lo cierto es que su pensamiento inspiró la aprobación de una nueva ley de pobres en 1834. La nueva ley de pobres combinaba un sistema público de limosnas a indigentes con la imposición de trabajos forzados en casas de trabajo en condiciones infrahumanas. La producción literaria de Charles Dickens dibuja un retrato de este modelo de sociedad victoriana asolado por enormes carestías. En La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845), Friedrich Engels escribe acerca del impacto de las leyes de pobres:
“Mientras estuvo en vigor la antigua ley de pobres, las cajas de beneficencia entregaban a los obreros una cantidad complementaria. Esa medida, evidentemente, hizo bajar aún más el salario porque los cultivadores buscaban que las cajas pagaran la mayor parte posible del salario. El restablecimiento del impuesto en favor de los pobres que imponía el excedente de población fue ampliado aún más, y la nueva ley de pobres, sobre la cual volveremos, se hizo una necesidad. Pero no fue para arreglar las cosas. El salario no fue aumentado, y resultaba imposible hacer desaparecer la población excedente, y la crueldad de la nueva ley no hizo más que exasperar al pueblo en el más alto grado. El impuesto para los pobres que había bajado al comienzo, alcanzó unos años más tarde su nivel de antaño. El único resultado fue que si antes había de 3 a 4 millones de semindigentes, ahora había un millón que lo era enteramente, mientras que los demás, que seguían siendo medio indigentes, ahora ya no recibían el menor socorro.”
En el plano ideológico, la obra de Malthus forma parte de un enfrentamiento con el socialismo utópico. Particularmente, se opone a los argumentos del escritor William Godwin, considerado precursor del pensamiento anarquista, marido de la escritora Mary Wollstonecraft y padre de Mary Wollstonecraft (hija), autora de la famosa novela Frankenstein.
W. Godwin, en Disquisición sobre la justicia política y su influencia en la virtud y la dicha generales (1793), hace gala de un doble entusiasmo productivista y poblacionista. Con incansable optimismo, Godwin propone la posibilidad de un progreso humano ilimitado, ajeno a los vicios propios del reinado de la “ley de la necesidad”. Godwin es casi mesiánico, anuncia que el mundo entero puede ser un cuidado “jardín” para todos los hombres (imagen que siempre hace su regreso). Malthus le recuerda que la producción de alimento es un límite real al crecimiento continuo.
“Como el hombre no puede vivir sin comer, nadie duda que el alimento debe precederle”, Thomas Malthus.
Godwin persiste en el sueño de abundancia y en 1820 publica su respuesta a Malthus en su libro Sobre la población. En este libro, a la tesis que pone el foco de todos los problemas sociales en una natalidad de progresión geométrica, Godwin contrapone las siguientes excepciones: primero, no todas las mujeres se casan; segundo, el matrimonio temprano de la mujer (lo que le permitiría tener un mayor número de hijos) no es tan frecuente, sobre todo dondequiera que una gran proporción de mujeres estén empleadas como sirvientas domésticas; tercero, hay períodos en la vida de los cónyuges en los que el matrimonio no es fecundo: por “enfermedad temporal” (entendemos que se refiere a la menstruación, aunque esta no sea una enfermedad en absoluto), por hallarse la mujer demasiado ocupada en el cuidado de la descendencia ya existente...; cuarto, existen los matrimonios estériles, tanto por esterilidad de la mujer como por esterilidad del hombre... Y así establece hasta siete excepciones. Ninguna de ellas roza el fondo del asunto. Los datos del crecimiento de la población durante el industrialismo prueban que los tiempos de abundancia de hecho permiten un acelerado crecimiento de la población, pese a las trabas que las mujeres puedan encontrar para ser madres. Por tanto, no tiene sentido discutir si existe o no la condición mínima de posibilidad. Sin embargo, Godwin tiene razón en que ese efectivo crecimiento atiende a factores heterogéneos, y no depende enteramente de la concurrencia de esa condición mínima de posibilidad.
En resumen, Malthus demuestra que los tiempos de abundancia permiten a la población crecer a un ritmo más acelerado de lo que lo hacen los recursos. Pero, en primer lugar, yerra al asumir que, como los tiempos lo permiten, tiene que suceder así necesariamente, a no ser que las autoridades se lo impidan de una manera cruel y directa, condenándola en ocasiones a vivir en campos de trabajo sin apenas alimento, etc.; subestima el factor antropológico. En segundo lugar, los medios de subsistencia (aquí nos hemos referido a ellos indistintamente como “recursos”) no conocen un límite fijo, sino cambiante. Una mejor organización tecnológica, al optimizar los usos de la tierra, sin duda, expande el horizonte productivo. Este es su segundo error. Por último, su tercer error es culpar a las clases populares de la miseria a la que les empuja el modo de producción capitalista.
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Error A
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Subestimación del factor antropológico. “En tiempos de abundancia, la población se reproducirá necesariamente “por encima de sus posibilidades”, a no ser que las autoridades lo impidan de una manera cruel y directa, en forma de castigo.” Es falso. Comprobamos que una conciencia distinta crea resultados distintos. |
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Error B
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Subestimación del factor tecnológico. “Los medios de subsistencia (aquí nos hemos referido a ellos indistintamente como “recursos”) constituyen un límite fijo y predeterminado.” Es falso. |
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Error C |
Subestimación/Instrumentalización del factor psicológico. Mientras que la responsabilidad llama a la acción, la culpa llama al conformismo. Malthus, en calidad de pastor anglicano, se arroga la potestad de señalar y culpar, lo que populariza este sentir antagónico hacia los sectores culpados. |
Es notorio que Malthus defiende una doble moral aplicable a las personas en función de la clase a la que pertenezcan: de un lado, el obrero, expuesto a perderlo todo por carecer de medios de producción, no puede reproducirse porque, de hacerlo, sería un vicioso y un irresponsable con su propia descendencia y con la sociedad en su conjunto; y de otro lado, el patrón, que es quien obtiene el plusvalor resultante del trabajo de ese obrero (que ha de venderse a sí mismo porque no tiene otra forma de subsistir), sí puede reproducirse y, al hacerlo, no es un vicioso ni un irresponsable.
Si lo que verdaderamente preocupase a Malthus fuese hallar la solución a la inevitable llegada del “excedente demográfico” en relación a la cantidad absoluta de recursos, entonces no habría motivo alguno para establecer distinción alguna entre los descendientes de los propietarios y los descendientes de los desposeídos: cualquier descendiente sobraría. En la operación de repartimiento de los recursos, toda resta en el denominador habría de ser bienvenida. Incluso sobraría antes el descendiente del patrón, pues consume más recursos!
Lo que ocurre es que Malthus es muy perspicaz: se da cuenta de que las vidas de las clases populares tienden a mejorar antes de la llegada de una crisis y las juzga por no amoldarse, al menos en apariencia, a las necesidades fluctuantes de la producción, que determinan su existencia. El economista inglés David Ricardo (1772-1823) desarrolla en detalle la lógica de este mecanismo. Básicamente, si los salarios suben por encima de lo estrictamente necesario, la población aumenta, esto aumenta la oferta laboral y, a la larga, hace que los salarios bajen; si, por el contrario, los salarios son inferiores a lo estrictamente necesario, la población desciende, esto provoca escasez de mano de obra y, a la larga, hace que los salarios suban. Este es el motivo por el cual los salarios tienden a mantenerse en línea con lo estrictamente necesario para la subsistencia, impidiendo que los trabajadores salgan realmente beneficiados del crecimiento económico, cualesquiera que sean los beneficios absolutos. A esta ley David Ricardo la llama la “ley de hierro de los sueldos”. La consecuencia lógica de esta ley (en el capitalismo los trabajadores no participan de la prosperidad que han creado) la estudia Karl Marx en El capital (1867).
Decíamos anteriormente que una civilización puede alacanzar mayores niveles de eficiencia en la explotación sostenida de sus recursos con mejoras tecnológicas. Así mismo, el modo de producción capitalista, orientado a la acumulación del capital, tiende a la eficiencia (o la destinación de menores esfuerzos para la consecución de mayores objetivos). Sin embargo, el límite de la sostenibilidad en ese crecimiento se rebasa muchas veces, porque, en la lógica de la acumulación capitalista, como teorizara Marx, el impulso a generar tanto plustrabajo como sea posible (aumentando la eficiencia) no se traduce automáticamente en la ampliación proporcional del mercado. El incremento de la producción ocurre simultáneamente a la mengua del poder adquisitivo de los trabajadores (y a costa de este!). Entonces damos con crisis por sobreproducción. El capital formado en el curso de la acumulación atrae, en proporción a su magnitud, cada vez menos trabajadores. El capital viejo reproducido repele cada vez más trabajadores. El resultado de esta tendente reducción de la plantilla de trabajadores con respecto a los niveles de producción en las fábricas es que, por un lado, se abaratan los costes de producción, y por otro lado, parte del proletariado queda expulsado del proceso productivo. Marx se refiere a este “proletariado expulsado” como “ejército industrial de reserva”. La existencia del “ejército industrial de reserva”, apunta Marx, supone una gran presión competitiva para la parte asalariada de la población, puesto que podría verse depauperada si al patrón le da por reemplazarla por grupos de población en peores condiciones (por un menor salario).
Con ello queda refutada la teoría malthusiana que emplaza el “origen del mal” en la sobrepoblación y contrapone esta a un supuesto orden social benévolo del que emerge, corrupta ella, como una oveja negra, aunque recto, natural y divino aquel. La sobrepoblación sirve al orden actual de las cosas, no lo perjudica sino en una proporción despreciable en comparación con las ganancias que genera para unos pocos, fomentando una asimetría atroz; muchos se disputan el puesto del trabajador y pocos el del burgués, que es, en gran medida, heredado; y este perjuicio al orden social a causa de la referida sobrepoblación solamente sucede cuando se sobrepasa un límite determinable. La concentración histórica del capital marca la tendencia a la concentración de la propia burguesía en burguesía monopolística. La burguesía, en minoría, ostenta un gran poder. Es un gran poder que desmerece: su único requisito es de linaje, de sangre. Remitiéndose a la expropiación originaria descrita por Engels, hubo quienes se preguntaron: “Y qué hay del despojado? Y qué hay de su linaje?” Dando por imparable el “avance del curso de la Historia” (concebida linealmente desde el prisma hegeliano), qué ocurriría si la población trabajadora expropiada dejara de reproducirse? Acaso no incrementaría el proletariado su fuerza de negociación salarial procurando tender a la esterilidad? Más aún: Si el proletariado nacional dejase de reproducirse y presionase al gobierno para que este procurase el cierre de las fronteras, acaso no incrementaría todavía más su valor en el mercado laboral? El razonamiento que se sigue es que (a) el burgués tiene el poder y (b) el burgués está en minoría, ergo (c) estar en minoría es tener el poder. Sin entrar en si esta formulación es falaz o no, ciertamente, aboca a una peligrosa caída en una espiral endofágica, por estancamiento o por reducción a un “estado estacionario”.
Frente a la tendencia a la baja de los salarios, traducida en un progresivo incremento de la “pobreza relativa” bajo el yugo capitalista, Marx propone la solidaridad y la asociación obrera y su organización en un Partido para llegar a controlar el Estado y cambiar el modo (quizá, mejor dicho, el sentido) de la producción, para lo cual se necesitan buenos números, no estar en minoría; otros adoptan posturas reaccionarias y desastrosas. Son estas últimas las posturas que no cuestionan el sistema capitalista y, por consiguiente, son asumibles por él... Hablemos de neomalthusianismo.
Neomalthusianismo: malthusianismo con careta benevolente
El neomalthusianismo nace a finales del siglo XIX y recoge, a su modo, la teoría poblacional de Malthus. La diferencia que presenta con el malthusianismo clásico es que, en su vertiente mayoritaria, adopta un enfoque aparentemente más benevolente con los pobres. Así como el malthusianismo es abiertamente anticaritativo, el neomalthusianismo rescata la caridad al tiempo que asume la conclusión malthusiana de que hay que impedir, a ciencia y conciencia, que los pobres se reproduzcan en una cantidad superior a la que sea necesaria para mantener una determinada composición de la población (donde su presencia maximice la competencia en el mercado laboral, pero sin resultar excesivamente cara su manutención, las pagas estatales, el sueldo público de carcelarios y policías, etc.).
Neomalthusianismo a comienzos del siglo XXI
A comienzos del siglo XXI, en lugar de proponer la represión sexual, la castidad y los campos de trabajo para estos pobres “sobrantes”, los neomalthusianos financian campañas ideológicas que, sumadas al abaratamiento de los salarios, son útiles de cara a la contención de la población. Por ejemplo, cooptan la causa feminista insuflando a las mujeres una gran confinaza en la idea de que alcanzarán el “empoderamiento” y la ansiada libertad a través de su renuncia a la maternidad. En la práctica, aunque la mujer de comienzos de siglo XXI suele tener que decidir entre tener hijos o aspirar a tener puestos de trabajo a duras penas estables y decentes, a menudo no siente que esta elección le haya sido injustamente impuesta y, frecuentemente, la vive como si fuese una elección libre y propia. Cuando esta encrucijada la mujer la vive con angustia, su angustia se desata sin freno: ella a solas no puede zafarse de sus cadenas. Cuando acepta uno u otro camino, el de la servitud con su esposo en casa o el de la servitud con el capitalista en su trabajo, y en ocasiones hasta los dos a la vez, como si estos fuesen su destino, al menos cesa en su frustración con la sociedad; claro que, dicha frustración se manifiesta en forma de rechazo a sí misma, en forma de culpa.
La culpa es el mecanismo más perfecto de dominio. La culpa originaria pretende ser una justificación de la explotación del Hombre por el Hombre. En el caso de la mujer, esta estuvo por siglos temporalmente impedida para realizar tareas productivas durante el embarazo y el posparto. Las suyas eran las tareas reproductivas. Su “ineficiencia relativa” para la producción ha funcionado como una suerte de “pecado original”. Históricamente, el poder albergar vida significaba un menor rendimiento en aquellas actividades que requerían el ejercicio de una fuerza más “concentrada” o “eficiente”. Lo estudia Gerda Lerner en profundidad. Pensemos en que la caza de un gran mamífero requería un esfuerzo más “concentrado” que la recolección de frutas, legumbres y verduras, y también era más “eficiente” alimentarse de lo cazado. Se consigue un aporte calórico, y proteico, mucho mayor con igual cantidad de carne que de verduras. No obstante, el ser humano no habría subsistido de no ser por la ingesta de verduras y otros alimentos. No podemos olvidar que las verduras, las semillas y luego los productos agrícolas y ganaderos han constituido la mayor parte de la dieta de nuestros antepasados. El trabajo de la mujer-esclava, y después también el del hombre-esclavo, aun cuando ineficiente, es el que ha mantenido en pie a la humanidad desde sus comicios.
Así es que, cuando se promociona la mentira del “empoderamiento” femenino mediante la total integración de la mujer en un sistema depredatorio (integración, digamos, material, psicológica y simbólica), en realidad, se asiste a la inoculación institucional de la culpa en la mujer desposeída de todo medio de producción de subsistencias (más allá de su propio ser, a cuya instrumentalización pondrá un precio). Sentirá la mujer culpa al no poder realizar un proyecto de vida del todo coherente con sus propios intereses y al creer simultáneamente que la “ineficiencia relativa” (lo entrecomillamos porque ya vemos que a largo plazo su trabajo es fructífero y durable) asociada a su capacidad reproductiva le resta valor natural a su persona. Tal masoquismo, convenientemente promocionado, vuelve a las desposeídas y a los desposeídos extremadamente serviles, robándoles poco a poco lo único que les queda, su propia conciencia, el espíritu de superación necesario para llevar a término su lucha por su vida y su legado. Cala la idea de que ni las pobres ni los pobres deben tener hijos. Tener hijos siendo incapaz de garantizarles una vida acomodada sería “inmoral” de acuerdo con esta cosmovisión derrotista.
¿Sería posible el cálculo y la realización de una organización diferente, en la que, por ejemplo, la mujer no se vea empujada a caer en la servidumbre del hogar y/o en la servidumbre del trabajo asalariado? ¿Por qué se da por imposible?
Orígenes del neomalthusianismo
Los primeros neomalthusianos son Francis Place, Robert Dale Owen, autor de Fisiología moral (1831), y los hermanos Charles Drysdale y George Drysdale, fundadores de la Liga Malthusiana en Inglaterra (1877) y del periódico The Malthusian. Otro periódico neomalthusiano se titulaba The Lucifer, en honor a la estrella matutina, renombrada como Venus, la portadora de luz en la oscuridad. En Francia, en Holanda, en Alemania, en Estados Unidos y en España tuvo afluencia esta corriente de pensamiento también. En España destaca la revista y editorial barcelonesa Salud y Fuerza.
Los dos argumentos principales utilizados por los neomalthusianos y postmalthusianos eugenistas son el argumento de la calidad de vida y el argumento ecológico.
El argumento de la calidad de vida
El médico anarquista Avelino Luis Bulffi de Quintana mantiene esta postura en España. Suyo es el ensayo Huelga de Vientres: Medios para evitar las familias numerosas. También traduce al español La mujer esclava y La mujer pública, de Paul Rubin y Henri Gauche, respectivamente. Si en el siglo XXI se usa la expresión “planificación familiar” es por influencia de la Liga de la regeneración humana o Generación consciente, de la que forman parte estos pensadores y otros, como Sébastien Faure y Emma Goldman.
De Huelga de Vientres destacamos el siguiente extracto:
“Declaremos el boycot a la actual sociedad burguesa ya que esta nos niega el derecho a la vida. No consintamos por más tiempo en favorecer el estado actual dándoles nuestros hijos: quien no tiene derechos no está obligado a tener deberes.”
Contrasta esta visión con la de Thomas Malthus:
“Y aunque en todo estado civilizado tiene que haber una clase de propietarios y otra de trabajadores, una mayor igualdad en la propiedad resultaría siempre en ventaja permanente para todos. A mayor número de propietarios menor número de trabajadores...”
El argumento de la calidad de vida es útil para convencer solo a quienes desconocen la obra de Malthus. Malthus ya aludía a la necesidad de “mejorar la calidad de vida de todos” con sus propuestas, no es que el demógrafo británico formulase que había que “exterminar a los pobres porque sí”. Quienes esgrimen este argumento contrario a la propia existencia del proletariado como conjunto de seres humanos (y no únicamente como clase social) se desvían muy poco del malthusianismo clásico. Si a Malthus le hacemos un lavado de cara se nos queda este neomalthusianismo. La ideología que profesan es reductible al refrán español “muerto el perro, se acabó la rabia”. Su lema podría ser “muertos los pobres, se acabó la pobreza”.
El argumento ecológico
El argumento ecológico se populariza a partir de la segunda mitad del siglo XX. Obras representativas son La explosión demográfica, de Paul R. Ehrlich (1968), el informe titulado Los límites del crecimiento, encargado por el Club de Roma (1972), y Capacidad de carga, de Joel E. Cohen (1995).
El argumento ecológico es para convencer a los listos. Evidentemente, las plagas de cualquier especie, animal o vegetal, desplazan a otras especies y causan desequilibrios en su ecosistema. Evidentemente, hay límites naturales al crecimiento. Planeta solo tenemos uno, de momento. La Tierra es un espacio limitado. La cuestión, verdaderamente, no es si hay límites al crecimiento o no dentro de los confines de la Tierra, sino si ese es nuestro destino fatídico inevitable como especie o si podemos construir nuestro propio destino, y si estamos en camino de alcanzar esos límites o no. Y la respuesta es que no, no es nuestro destino y tampoco estamos al límite del agotamiento de los recursos planetarios debido a la sobrepoblación. Por supuesto, esto las élites del siglo XXI lo saben y, si prestamos atención, entenderemos que los organismos supranacionales aceptan la “solución malthusiana” sin aceptar la premisa malthusiana determinista, según la cual la humanidad está destinada a un eterno retorno al hambre y a la guerra por “exceso poblacional”. A esta ideología que acepta la “solución” aunque rechaza la premisa la hemos llamado “transmalthusianismo”, porque va decididamente “más allá” de las razones aducidas por las corrientes neomalthusianas, superándolas.
Transmalthusianismo y darwinismo social: de la noción de que el aumento de la población es insostenible a la noción de que es indeseable
Los enfermos y los bebés ya fueron blanco de ataques en las sociedades precapitalistas por sus cualidades “vampíricas”. Consumen sin producir. Esto supone un problema cuando los medios de subsistencia escasean. Pero en el presente desaparece el fundamento básico para la adopción de esa estrategia endofágica que hemos visto que es típica de los tiempos de escasez, porque su manutención sí es compatible con el funcionamiento de un sistema tecnológicamente avanzado. Quienes ataquen entonces a las masas improductivas, a los enfermos y a los niños, argumentarán que su manutención es técnicamente viable, pero no deseable. Es una visión que crea monstruos como el del “suicidio asistido” para jóvenes con depresión (en Holanda), siendo este un trastorno anímico común y perfectamente tratable, causado en gran medida por el estilo de vida sedentario propio de la “era de los ordenadores”.
Otro monstruo es el de la esterilización sistemática de discapacitados y enfermos mentales, con larga implantación en los EEUU, Suecia, Finlandia, Dinamarca, etc. También en la Alemania Nazi, donde se pasó de la esterilización al genocidio, al que se referían eufemísticamente como “eutanasia”. Y es que los discapacitados y los enfermos mentales (esquizofrénicos, maníaco-depresivos, epilépticos, etc.) fueron el primer objetivo de los genocidas nazis, antes que la población judía. Es con estos “indeseables” con quienes desarrollaron su técnica genocida de gaseado.
Los científicos de finales del siglo XIX y principios del XX se planteaban la amenaza de la “degeneración” muy seriamente; interpretaban que el cuidado de los sectores improductivos suponía una suerte de selección natural negativa, en detrimento de la población sana y productiva, cuyas energías y cuyo acervo genético se desperdiciaban. Resurgía la preocupación por la proyección de la reproducción humana a partir de una nueva conciencia evolucionista, amén de algunas interpretaciones de la teoría darwiniana de la evolución de las especies. O sea, la preocupación científica existía porque se partía de la noción de que la asistencia médica y social repercutía negativamente sobre el proceso de selección natural postulado por Wallace y Darwin. La asistencia con presupuestos del estado constituía una artificialidad que procuraba la subsistencia y la reproducción de “los menos aptos” dentro de la especie humana, lo que contribuía a su degradación.
Queremos dejar claro en este punto que los eugenistas no transgredieron el cánon de la ciencia. Pero llevar hasta sus últimas consecuencias la idea de que la práctica de la caridad y la ayuda mutua perjudican a nuestra especie desde un prisma evolutivo es tan disparatado como peligroso. Para empezar, en un artificial proceso de selección doble, consistente en la incentivación de la reproducción de “los más aptos” (eugenesia positiva) más la desincentivación de la reproducción de “los menos aptos” (eugenesia negativa), hemos de partir de una definición de lo que sería una especie más apta o mejorada. Habría que preguntarse ¿más apta para qué? Para algunas latitudes ciertos rasgos son ventajosos, y para otras, otros. En según qué latitudes tener la piel blanca es una gran desventaja por mucha crema solar que uno utilice. Para algunas cosas una persona puede ser poco “apta”; en cambio, para otras no. Una abuela puede no ser “apta” para correr una maratón y ser una gran escritora. Una persona bipolar puede presentar dificultades para mantener un trabajo normal y puede pintar cuadros hermosos. Estos son solo algunos ejemplos. La paradoja de los eugenistas es que alaban a Darwin y dicen querer reestablecer el curso de la selección natural, pero, mientras tanto, piden seleccionar artificialmente, mediante políticas de Estado, ofreciendo una definición rígida y ridícula de aptitud.
A EEUU le siguieron Canadá y casi todos los países del norte de Europa, Noruega (1934), Suecia (1935), Finlandia (1935), Estonia (1936) y Dinamarca (1939).
La eugenesia en EEUU a menudo estuvo ligada a prejuicios raciales y sociales. Se buscaba justificar la esterilización forzada y la restricción de la inmigración en base a la supuesta inferioridad de ciertos grupos étnicos y sociales. El movimiento eugenésico en Estados Unidos comenzó a decaer después de la Segunda Guerra Mundial, debido en parte a la asociación con las políticas eugenésicas de la Alemania Nazi y a las críticas éticas. Sin embargo, algunas prácticas de esterilización continuaron en algunos estados hasta la década de 1970 y el pensamiento eugenésico está implantado en la producción cultural y artística estadounidense. El ejemplo más claro es el de Idiocracy (2006), una película que se estrenó sin que la productora le hiciera publicidad, en el mínimo número de cines posible, por lo controvertidos que podrían ser los asuntos que trata. En un formato tan inocente como el de la comedia, plantea que en la norteamérica de 2505 ya prácticamente solo se reproducen los tontos. El resultado es el de una sociedad ignorante y degenerada, en la cual hasta los gobernantes son idiotas (de ahí que el título de la película sea Idiocracy, o el gobierno de los idiotas).
Para que veamos que no es un asunto pasado de moda en Suecia tampoco, la eugenesia allí, por ejemplo, estuvo vigente oficialmente hasta el 1975.
Y en el mundo académico también quedan muchos resquicios del pensamiento eugenésico a día de hoy. El mismísimo Elon Musk mostró en Twitter preocupación por el cumplimiento de la “profecía” contenida en Idiocracy. Entraremos en detalle más adelante, esclareciendo cuáles son las formas de eugenesia encubierta hoy en día, extendidas precisamente en EEUU, Canadá y los países del norte de Europa.
En julio de 1933, tan solo unos meses después del ascenso de Hitler al poder, la Ley para la prevención de la descendencia con enfermedades hereditarias (Gesetz zur Verhütung erbkranken Nachwuchses) introdujo la obligatoriedad de la esterilización para algunos pacientes, superando la propuesta prusiana que requería su consentimiento, y fue la base sobre la que se erigiría la legislación eugenésica y racial posterior. La ley creó los llamados tribunales de salud hereditaria (Erbgesundheitsgerichte), que se adscribían a los tribunales inferiores de jurisdicción general (Amtsgerichte) para decidir caso por caso, a puerta cerrada. Estos tribunales estaban compuestos por un juez, un médico del servicio de salud pública y otro médico con conocimientos especializados sobre las leyes mendelianas de la herencia, por lo que, en la práctica, pasar por estos tribunales formaba parte del protocolo médico dentro de un régimen tecnocrático que elevó a cuestión de primer orden la ciencia frankensteiniana del estudio de la mejora de la raza.
La ley definía a una persona “que sufre una enfermedad hereditaria”, y era por tanto candidata a la esterilización, como cualquier persona que sufriera una de las siguientes afecciones:
retraso mental congénito (Schwachsinn),
esquizofrenia,
folie circulaire (psicosis maniaco-depresiva),
epilepsia hereditaria,
baile de san Vito hereditario (Corea de Huntington),
ceguera hereditaria,
sordera hereditaria,
deformidad física grave hereditaria, o
alcoholismo grave sobre una base discrecional.
Por su parte, la Ley de Unificación de la Salud Pública de 1934 estableció pautas uniformes para el funcionamiento del sistema de salud. Esta normalización administrativa fue respaldada por la creación de comisiones ad hoc, la expansión de oficinas de asesoramiento, la organización de cursos de formación para profesionales y una campaña de propaganda dirigida a la sociedad a través del sistema educativo y los medios de comunicación. La política eugenésica también influyó en el ámbito académico, donde la higiene racial se elevó al rango de materia obligatoria en el plan de estudios de medicina. La profesión médica mostró un fuerte respaldo al proyecto del partido en el gobierno. En octubre de 1935, la Ley de Salud del Matrimonio imponía el examen de toda la población para evitar los matrimonios de personas consideradas portadoras de degeneración hereditaria, en particular las contenidas en la ley de esterilización alemana.
La creación de nuevos organismos públicos de control, asesoramiento y gestión, junto con la subordinación del sistema de salud mental, estableció las bases burocráticas para la ejecución posterior de lo que eufemísticamente llamaron “programa de eutanasia”. Paralelamente, el régimen adoptó medidas destructivas contra el sistema de salud mental, reduciendo la práctica psiquiátrica a una tarea meramente burocrática y transformando el sistema de salud mental en una maquinaria de exterminio.
El asesinato de niños con discapacidades fue la primera etapa del programa de “eutanasia”. En 1938, un recién nacido de la familia Knauer sirvió como pretexto para que Hitler implementara su programa. El bebé Knauer nació con graves complicaciones. El padre del niño consultó a Werner Catel, director de la Clínica Infantil de la Universidad de Leipzig, y le pidió que admitiera al niño. Catel, que ingresó al niño en el hospital, afirmó más tarde que el padre le pidió que matara al niño, pero él se negó porque eso era contrario a la ley. Posteriormente, la familia Knauer apeló a Hitler para que autorizara la muerte del niño. Este tipo de apelaciones llegaban a Hitler a través de su cancillería privada, donde ya se habían recibido solicitudes similares. La Cancillería del Führer (Kanzlei des Führers, o KdF), dirigida por Philipp Bouhler, preparó la información para Hitler, quien decidió actuar en el caso Knauer. Ordenó a su médico acompañante (Begleitarzt), Karl Brandt, que visitara al niño Knauer, consultara con los médicos de Leipzig y autorizara la eutanasia si su diagnóstico coincidía con las circunstancias descritas en la solicitud. En Leipzig, Brandt consultó con los médicos que habían atendido al niño, confirmó el diagnóstico y autorizó la eutanasia; el bebé fue asesinado. Después del asesinato del niño Knauer, Hitler autorizó a Brandt y Bouhler a establecer un programa para matar a niños que presentaran defectos físicos o mentales. Hitler nombró a Brandt y Bouhler como sus plenipotenciarios para el llamado programa de eutanasia infantil.
En 1940, se llevaron a cabo asesinatos masivos en secreto de estos grupos marginados. Los planificadores inventaron una organización ficticia para camuflar que la KdF dirigía la eutanasia infantil. Eligieron el imaginativo título de Comité del Reich para el Registro Científico de Enfermedades Hereditarias Graves (Reichsausschufß zur wissenschaftlichen Erfassung von erb- und anlagebedingten schweren Leiden). Esta agencia ficticia, llamada Comité del Reich para abreviar, solo existía sobre el papel; su dirección postal era un apartado de correos. Únicamente servía para encubrir las actividades de la KdF. Esto implicó la aplicación de ideas que habían sido ampliamente aceptadas en la comunidad científica nórdica, norteamericana y centroeuropea desde la década de 1920. En 1920, los médicos Binding y Hoche habían abogado por la eliminación de las “vidas indignas”, un término utilizado para calificar las vidas de las personas que vivían con discapacidades, ya fuera ceguera hereditaria u otras condiciones hereditarias, incluyendo el alcoholismo en algunos casos. Nos sonará la expresión “vidas que merezcan la pena”. Pues bien, la expresión proviene de aquí.
El 18 de agosto de 1939 el RMdI difundió un decreto titulado “Obligación de informar sobre recién nacidos deformes, etc. (Meldepflicht für mifigestaltete usw. Neugeborene)”. Estaba marcado como “estrictamente confidencial” y no se publicó en el boletín oficial del ministerio; preparado por el Departamento IV, lo firmó el Secretario de Estado Wilhelm Stuckart en nombre del Ministro del Reich Wilhelm Frick. El decreto ordenaba a las comadronas y a los médicos que informaran de todos los niños nacidos con determinadas patologías. Además de los recién nacidos, los médicos debían informar de todos los niños menores de tres años con esas patologías. La frase inicial del decreto distribuido creó la impresión deseada de que el objetivo del ministerio era llevar a cabo una investigación científica que ayudara a los niños con enfermedades graves: “La inscripción temprana de los casos pertinentes de deformaciones y retraso mental hereditarios es esencial para el esclarecimiento de cuestiones científicas”.
La eugenesia, como movimiento y política que busca mejorar la calidad genética de la población, ha sido ampliamente rechazada y condenada en gran parte del mundo debido a sus implicaciones éticas y morales. Las prácticas eugenésicas, que incluyeron esterilizaciones forzadas y la promoción de la reproducción selectiva, fueron ampliamente utilizadas en el siglo XX, especialmente durante el régimen nazi en Alemania, pero no solo. Estas prácticas se han abandonado y condenado en la mayoría de los países en la actualidad..., o eso se piensa.
Lo cierto es que han resurgido nuevas formas de eugenesia encubierta, reformuladas al amparo de nuevos derechos LGTBQ+. Hoy en día no se habla abiertamente de esterilizar a personas que padecen trastornos mentales, pero ocurre. Las llamadas “personas trans”, al fin y al cabo, no son más que personas con problemas de salud mental a las cuales en el siglo XXI se les lava el cerebro orquestradamente para que parezca que “libremente” eligen quedar estériles y enfermas, dependientes de medicación, por el resto de sus vidas. Es un gran negocio para las farmacéuticas, para las clínicas estéticas y para infinidad de empresas dedicadas a la industria de la belleza, además.