Resumen del libro El dominio mental, de Pedro Baños
Los métodos de manipulación mental hoy en día son variopintos y van desde la industria del entretenimiento (recordemos el lema romano de "pan y circo") hasta el sistema de pago electrónico. La idea es, primero, conocernos para explotar nuestras debilidades personales y, segundo, controlar nuestras emociones para controlar nuestras decisiones. Los argumentos emocionales siempre han sido los más eficaces; al comprar, nos basamos en un 90% en criterios emocionales. Además, las emociones se convierten en drogas que se precisan cada vez en dosis más elevadas. Como en la metáfora de la rana hervida, los dominados no se enteran de que lo son, con lo cual no hay rebeldía ni oposición.
La distracción es el nuevo opio del pueblo, por encima de las religiones, y en conjunción con las drogas y fármacos como los ansiolíticos y los somníferos, cuyo consumo en España ha incrementado en un 50% durante la última década. El fútbol, los videojuegos, la televisión y otras plataformas virtuales que compiten por la atención del público manipulan e infantilizan a la población. La adicción que pueden crear puede alterar las funciones del cerebro, así como la estructura de su sistema neuronal. En concreto, los videojuegos son la métafora perfecta de la sociedad en la que vivimos: nos creemos con poder para escoger nuestro camino, pero es tan solo dentro de unos márgenes muy bien delimitados; vagamos como autómatas.
No hay que subestimar el poder de la ambientación coercitiva, sin entrar en lo que es el neuromárketing, ni en "la alquimia del big data", ni en el hackeo cognitivo; se ha comprobado que una cuidadosa selección de sonidos puede tener un impacto significativo sobre el consumo, la producción y otras conductas cuantificables, como la velocidad de masticación y el razonamiento; y los aromas pueden relajar, como el incienso en misa, o evocar experiencias que inciten a la compra, como sucede con los olores de las tiendas: Nike logró incrementar sus ventas en un 84% empleando una fragancia especialmente diseñada a tal efecto. Emotient, empresa subsidiaria de Apple, cuenta con programas para detectar e interpretar las reacciones que un determinado producto genera en el cliente. En la venta online existen muchos otros trucos: escasez, ofertas flash, uso de influencers para ejercer una persuasión subliminal...
Por su parte, recordamos el 80% de lo que vemos, frente al 20% de lo que leemos.
Por ello, Disney es una herramienta perfecta para difundir la cultura americana: fue responsable, en parte, de la caída del Muro de Berlín en 1989, destruido no por la fuerza de las armas, sino por la fuerza de las ideas.
Otro instrumento de manipulación es la alimentación. La dieta condiciona las emociones, la capacidad cognitiva e intelectual, así como las demás funciones del cerebro, órgano que gasta el doble de energía que el resto de los órganos. Si en los primeros años de vida hay una nutrición deficiente, el desarrollo de las capacidades cognitivas será menor. Por otro lado, un alto consumo de azúcar está asociado con el trastorno bipolar, mientras que ingerir comida basura aumenta el riesgo de padecer depresión, y la privación de alimento ha sido siempre una de las técnicas más eficaces de control mental. Las personas piensan como viven, pero es muy fácil cambiar su forma de vida y, por consiguiente, su pensamiento.
Dos son los principios de la manipulación: la repetición y la apelación a la autoridad. En realidad, gustan más las historias que los datos y el emisor del mensaje es más importante que el mensaje en sí; si goza de credibilidad y de poder de convicción, está todo ganado. Estas estratagemas se usan mucho en los medios de comunicación.
Goebbels decía que "Lo que necesitas para controlar los medios de comunicación es una diversidad ostensible que oculte una uniformidad real". Así las cosas, asistimos a un mimetismo mediático: debates políticos similares, concursos musicales o de cocina, entrevistas con tintes personales, etc., pero en diferentes cadenas.
También asistimos a la sobrerrepresentación de ciertos comportamientos; si, por ejemplo, se ven noticias en las que la violencia es constante, los espectadores considerarán que las calles son peligrosas, aunque no hayan sufrido ningún episodio violento ni la confirmen los informes policiales. Los expertos en comunicación política Maxwell McCombs y Donald L. Shaw demostraron que los medios de comunicación eran capaces de conseguir que la población hablase de unos asuntos y desestimase otros, es decir, si bien no se podía imponer cómo se debía pensar, sí se podía elegir sobre qué se debía pensar: en esto consiste el establecimiento de una agenda. Si en una serie, por ejemplo, a un personaje se le reprende por tener ideas políticas "inapropiadas", gran parte de la audiencia evitará mostrarlas en público, pese a creer en ellas. Y si ante una información sobre una guerra nos atrevemos a poner en duda quiénes son "los buenos" y "los malos" tal y como se nos plantea en los medios de comunicación, estaremos poniendo en entredicho nuestra empatía y solidaridad con las víctimas. Se consigue, pues, que los ciudadanos no duden de nada, o bien que hagan ejercicios de autocensura.
Un último recurso es el de "informar" de manera tergiversada. Para ello, se crea una "neolengua" que elimina ciertas palabras y las sustituye por otras, con matices distintos.
Según la semántica que utilicemos y el encuadre que le demos a la noticia, conseguiremos una reacción u otra. Mediante estos procedimientos, es posible convertir al asesino en víctima de la sociedad o mutar la corrupción política en consecuencia de la cultura popular. En cuanto a la cultura, Sigmund Freud decía que es algo impuesto por una minoría que ha sabido apoderarse de los medios de poder y de coacción.
La saturación de información y las "snack news" también anulan nuestra capacidad crítica. La lectura de artículos online hace que se retenga y se comprenda menos. El resultado es que ahora seguimos siendo igual de ignorantes que antes, solo que nos creemos que sabemos. Aceptar una información que nos descoloca desmoronaría nuestra ilusión de conocimiento.
En el marco de su estrategia de comunicación en las redes sociales, la DARPA (la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa, una agencia del Departamento de Defensa de Estados Unidos responsable del desarrollo de nuevas tecnologías para uso militar) investiga cómo interferir en las mentes de la población. No es el único. Google y su matriz Alpha-bet Inc. dirigen el proyecto Deepmind y, recientemente, Google ha lanzado su última generación de agentes conversacionales modernos, programas que pueden manejar una gran variedad de temas de conversación gracias al diálogo de dominio abierto. Lo cierto es que en el mercado se pueden encontrar muy diversos sistemas de chatbots insertables en todo tipo de páginas web para influir en nuestras opiniones, sentimientos y comportamientos. Por si fuera poco, el propio internet proporciona herramientas precisas para generar desinformación, como sucede con los algoritmos que generan los llamados "filtros burbuja" y "cámaras de eco", que se apoyan sobre los prejuicios de la gente. Pero si hay un factor de peso que provoca la desinformación en línea, ese es el uso de la red para operaciones de influencia y guerra psicológica por parte de los ejércitos y los servicios de inteligencia. Entre otras cosas, se aprovechan de que la información negativa se propaga a una velocidad mucho mayor que la positiva.
Asimismo, hay que tener cuidado con el retroceso en derechos justificado en una catástrofe que sustente un continuo estado policial del que sea difícil salir. Sin ir más lejos, el pánico que provocó el 11-S hizo posible la aprobación de una ley que legalizó la vigilancia total por parte del Gobierno de los EEUU.
En conclusión, El dominio mental plantea preocupaciones sobre cómo diversas formas de manipulación, desde los medios de comunicación hasta el entretenimiento y la tecnología, pueden influir en la sociedad actual y en la toma de decisiones de las personas. También destaca la importancia de la conciencia y el pensamiento crítico en un entorno saturado de información.










