LA EUGENESIA COMO INSTITUCIÓN EN LOS “ESTADOS DEL BIENESTAR”: De aquellos barros, estos lodos (I)

El interés por el control demográfico

El control de la natalidad siempre ha sido objeto de interés político. Esto es debido a que los legisladores y dirigentes de un territorio tienen interés en mantener una cierta relación entre su demografía y los recursos disponibles. Así pues, cuando el cociente de la división de la cantidad de recursos entre el número de habitantes es inferior a lo normal, tienen dos opciones: o bien hacer acopio de más recursos, por ejemplo, mediante el expolio del territorio vecino, o bien endeudarse o reducir la propia población de alguna manera. Las llamaremos “estrategia exofágica” y “estrategia endofágica”, respectivamente. La idea es que cuanto mayor sea el cociente de esa división simple, tanto mejor: serán tiempos de abundancia.

En este aspecto, la guerra es muy efectiva, porque, cuando no logra una expansión del territorio y de los recursos, sí logra el descenso de la población. Se dan, por tanto, en el caso de la guerra, una combinación de exofagia y endofagia. Claro que, en el siglo XXI, partimos de un globalismo muy singular en la Historia de la Humanidad.

La estrategia exofágica: la guerra como industria

Son dos las ideas más extendidas hoy en relación con la guerra.

Por un lado, existe la idea de que, para el Estado moderno imperialista, la guerra no supone como antiguamente una pérdida de recursos, sino la recuperación del dinero previamente invertido en la industria armamentística.

Y, por otro lado, nos dicen, la tendencia a la movilidad de un proletariado precarizado, y en gran medida, globalizado, impide hablar de problemas de “demografías colpasadas”, pues parece que los “excesos demográficos” se “resuelven naturalmente” con emigración, y los defectos con inmigración.

La primera idea es cierta; la segunda no lo es. Las fronteras existen, el control de fronteras existe, y sirve precisamente unos intereses económicos y demográficos, que hemos visto que van ligados. Las demografías no se “autorregulan” libremente en función de los recursos. La regulación se produce artificialmente, a conciencia: cuesta muchas vidas.

Entonces, tenemos un modelo de expansionismo económico que se nutre del expolio y, a cambio, cierra sus fronteras, asegurándose un cierto excedente de recursos necesario para consolidar su posición dominante en el mercado. En caso de cercanía al colapso demográfico se abren las fronteras y, puesto que la miseria que el expolio crea en otros lugares genera flujo migratorio de los lugares expoliados hacia el lugar expoliador, este último consigue satisfacer su demanda demográfica, acercándose con bastante exactitud a la relación deseada entre población y recursos disponibles. La analogía que se nos ocurre es la del culturista que busca mantenerse en un superávit calórico para ganar masa muscular. Las fronteras de un territorio serían la boca del culturista, los habitantes serían sus mitocondrias (los parados e inactivos, las reservas energéticas del tejido adiposo) y la guerra sería el levantamiento de pesas, esto es, la actividad que le procura al culturista su fortaleza... y su imagen de fortaleza, que van ambas a la par. Para el culturista vigoréxico el crecimiento muscular es el medio y el fin, hace pesas para seguir haciendo pesas. Análogamente, para el país imperialista hacer la guerra es una actividad que se justifica por sí misma.

La estrategia endofágica: políticas de austeridad y antinatalismo

Pero exploremos la endofagia. Hemos explicado que las guerras imperialistas del siglo XXI son eminentemente exofágicas, que no requieren demasiado sacrificio por parte del estado imperialista, que son la base de su sistema económico. A través de ellas se establece el superávit buscado. Ya no se decide ir a la guerra como medida última cercana al colapso económico (únicamente). El Estado que cuenta con la hegemonía mundial, EEUU, hace negocio de la guerra y es a través de ella como mantiene dicha hegemonía. Imaginemos el estilo de vida de un pirata y entenderemos que las armas no son su último recurso..., son su único recurso! Sin embargo, en principio, parece que todavía podría existir la amenaza del “exceso demográfico” en el gigantesco barco pirata, no por la vía de la inmigración (gracias al control fronterizo), sino por la vía de la hiperreproducción de su propia población. De ahí parece que radica el interés en implementar políticas que desincentiven, a su vez, la natalidad. Es esto así? Es la hiperreproducción una amenaza real? Volveremos a esta cuestión más adelante.

Tradicionalmente, las crisis eran sobrevenidas y, para evitar ir a la guerra, cuando se podía, la escasez de recursos (o “excedente demográfico”, según se mire) se resolvía por la vía endofágica. En nuestra analogía anterior, se correspondería con una restricción calórica. Está claro: el objetivo de la endofagia es reducir el consumo del organismo de que se trate. Si el organismo es un individuo, disminuirá su alimentación y su tamaño; si el organismo es una comunidad entera, lo mismo. A la luz de esto, la alternancia de los ciclos de superávit y de déficit garantizaba una cierta estabilidad. Cuál es el problema? Que las fases de endofagia requieren sacrificios.

Al principio hemos contemplado dos tipos principales de sacrificios endofágicos en una comunidad, el endeudamiento y la reducción de la propia población. El endeudamiento ha sido ampliamente utilizado por los estados europeos en la fase superior del capitalismo en que nos encontramos en el año 2023; pero compromete su soberanía e independencia. Además, el endeudamiento presupone la tradición de llevar una contabilidad frente a alguien, una comunidad externa; no se puede dar en una comunidad aislada.

Gerda Lerner, pensadora e historiadora austríaca de máxima relevancia en el Movimiento Feminista a partir de finales del siglo XX, en su libro La creación del patriarcado (1986), defiende que la apropiación del producto del valor de cambio atribuido a las mujeres en relación a su capacidad reproductiva es la primera apropiación del hombre, antes incluso de la apropiación de la tierra. Para afirmar esto argumenta que la abundancia de herramientas de trabajo y de tierra cultivable no habría dado pie a esa apropiación primigenia porpuesta por Friedrich Engels; las herramientas neolíticas eran fáciles de fabricar y la extensión de tierra apta para el trabajo era vasta y dinámica, mientras que el esfuerzo reproductivo del que salía la mano de obra dependía absolutamente del número de mujeres fértiles disponibles, que era limitado. Consecuentemente, G. Lerner sostiene que el esfuerzo reproductivo era el más valioso en estas comunidades primitivas, y es que nuestros antepasados necesitaban mucha mano de obra para la siembra y cultivo, la producción manual de ropajes, etc. Por ello, indica Lerner, la subordinación histórica de la mujer encuentra sus orígenes en el intercambio de mujeres como forma primitiva de comercio. El intercambio de mujeres podría haber sido la forma de “solucionar” acaso algún “exceso demográfico”, pero también, tal vez muy principalmente, la manera más primitiva de alcanzar la coexistencia pacífica entre tribus, la manera de “comprar” la paz. Dicho de otra forma, el “precio a pagar” por la neutralización de la amenaza de una tribu vecina empecinada en crecer en su lucha por la vida se pagaba por la vía de la guerra en hombres y por la vía de la paz en mujeres. Si se iba a la guerra y se perdía, probablemente el pago era doble, primero en hombres y después en mujeres.

No obstante, la alternativa podía ser incluso más dura, quizá, si tenemos en cuenta que, históricamente, esta noción de la llegada de los tiempos de escasez ha alentado infanticidios y otras clases de sacrificios humanos. Es evidente que, si las mujeres son prerrequisito del crecimiento demográfico (y no así los hombres, porque uno solo podría fecundar a muchas), los bebés son equivalentes a los heridos o a los temporalmente enfermos por cuanto consumen y no producen nada. Bien mirado, aunque sí son productores en potencia, desde una perspectiva cortoplacista, hasta que no son aptos para el trabajo, los bebés son un lastre. Entre otros grupos de personas, los bebés, para que nos entendamos, son a la comunidad lo que la grasa es al cuerpo humano: aunque en el futuro podrán aportar energía, por lo pronto vuelven la experiencia algo pesada.

No es casualidad que la tradición grecolatina, por ejemplo, recoja tantos mitos acerca de la cuestión del infanticidio. Todas estas historias antiguas terminan con una advertencia en tono profético. Todas confluyen en la siguiente idea: la generación que sacrifique a las generaciones venideras en pos de su autoconservación no se estará previniendo de las nefastas consecuencias a las que tendrá que atenerse.

A Saturno lo asesina su propio hijo, quien, además, fornica con su propia madre. Tal es el destino reservado para los infanticidas y para sus supervivientes. No es baladí. Cuando al patriarca, identificado con Saturno, le llega la vejez, se expone a que el hijo superviviente a su tiranía lo sustituya o lo mate. La alegoría de Saturno apunta al respecto que la falta de medios para sostener el legado dejado basta por sí sola para consumar la desgracia. Ni siquiera ha de existir en el hijo el deseo de venganza. Al fin y al cabo, en la vejez el hombre ha de ser mantenido como si fuese un infante de nuevo y, para que así suceda, obviamente, se necesita mucho más que la simple voluntad, se necesita un excedente de recursos; pero, de acuerdo con esta sabiduría milenaria, el excedente no se puede obtener mediante la adopción exclusiva de lo que hemos llamado la “estrategia endofágica”. Es decir, si un gobernante impone sistemáticamente regulaciones infanticidas en época de crisis, solamente podrá salvar del hambre a su pueblo durante un periodo corto de tiempo; después la miseria asolará a ese pueblo porque se quedará sin mano de obra. Volviendo a nuestra analogía que compara principios de la ciencia económica con principios de la ciencia de la nutrición, el individuo que recorta severa y prolongadamente su ingesta calórica, como en una huelga de hambre o en una anorexia, no va a mantener su tejido adiposo, no, pero es que, a la larga, tampoco va a mantener su musculatura. Ese individuo cada vez menguará más y más e irá debilitándose progresivamente hasta llegar a su autodestrucción si no se decanta a tiempo por un cambio de estrategia.

Incluso la advertencia de la posible fornicación con la madre tiene cierto fundamento... En una ciudad sin mujeres jóvenes, acaso no acabaría el superviviente varón emparejado con una mujer de la generación que precedió a la suya? Y si no es conocido quién engendró a quién porque al superviviente se lo abandonó a su suerte en lugar de acabar con su vida, acaso no es posible también el incesto involuntario?

De hecho, las tradiciones grecolatina y católica son unánimes en estos puntos. El Nuevo Testamento se opone radicalmente a las políticas infanticidas en el relato de la Matanza de los Inocentes recogido en el Evangelio de Mateo, así como en los evangelios apócrifos, según el cual María habría tenido que esconder a su hijo Jesús para protegerlo de la orden de Herodes I El Grande de ejecutar a todos los niños menores de dos años nacidos en Belén.

En fin; queda demostrado el fundamento material sobre el que se justifican las prácticas de este estilo, habida cuenta de que nuestra tradición de pensamiento hispanogrecolatina las condena. También hemos contado el porqué de esta condena.

Al mismo tiempo, tampoco es casualidad que la implantación del cristianismo impusiese la represión sexual como norma moral, a falta de perfeccionamiento de las técnicas anticonceptivas. La tradición cristiana combina la condena del infanticidio con la promoción de la asunción de una responsabilidad paterna que, indiscutiblemente, va dirigida al diseño de una sociedad donde se practique un crecimiento poblacional moderado. Matar niños o evitar sistemáticamente que nazcan, no; pero procrear como insectos, tampoco. Es lo que nos viene a querer decir la tradición cristiana. Hay que responsabilizarse de la creación (en mayúsculas o en minúsculas). A su servicio se despliega toda una simbología patriarcal que establece el imperativo moral del recato para las mujeres. La mujer simbólicamente castrada lo es en la práctica. El varón no es castrado simbólicamente (ni en la práctica, por tanto), salvo por la figura del ángel o eunuco varón, pero recibe la carga de la paternidad como un imperativo moral absoluto. Tanto es así que queda encargado ya no solo de sus propios hijos sino también de su esposa, como si de otra hija se tratase.

El factor tecnológico

No nos hemos referido detenidamente al factor tecnológico todavía, aunque sí nos hemos referido a él implícitamente. Veamos.

Se ha establecido que en las comunidades humanas primitivas la reproducción era valiosa porque había una gran necesidad de mano de obra para el cultivo de la tierra. Así, reconocemos que la “necesidad demográfica” va inversamente vinculada al desarrollo tecnológico, en tanto que este procura la eficacia en la explotación de los recursos materiales (nótese que identificamos la necesidad de mano de obra con la “necesidad demográfica”). De tal manera, si a menor desarrollo tecnológico mayor necesidad de mano de obra..., entonces a mayor desarrollo tecnológico menor necesidad “necesidad demográfica” en general.

Gracias a la mayor eficacia en la explotación de los recursos que nos procura la tecnología en el siglo XXI, una civilización puede tender a conservarse sin servirse del trabajo esclavo (ojo!: no se afirma que el trabajo esclavo no exista de facto en el siglo XXI, sino que podría no existir, es decir, que su abolición efectiva es técnicamente posible, pero esto habremos de probarlo más tarde). Eso sí, el esfuerzo de las personas que participen de ese sistema tenderá a ser menos necesario en su nivel más básico (el más automatizado), por lo que la viabilidad del sistema dejará de depender enteramente de la actividad del grueso de sus integrantes. En sentido estricto, la existencia del grueso de la población, a medida que se perfeccionen las máquinas, será innecesaria para la mera conservación del sistema y las masas improductivas podrán ser el blanco de los ataques más despiadados.

Es interesante apuntar que en este caldo de cultivo es donde proliferan las teorías neomalthusianas, que auguran grandes males atribuidos a un supuesto exceso de población humana en el mundo, y las “teorías transmalthusianas”, que, sin presentar el escenario de un ser humano convertido en plaga, defienden el imperativo moral (ya no necesariamente existencial) de intervenir en la evolución de nuestra especie, dotándola de un sentido premeditado... por las élites económicas.



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